La ficción establece un vínculo con el Holocausto, la experiencia de Ana Frank y con la última dictadura cívico-militar argentina, pero no se propone reconstruir esos acontecimientos sino explorar era qué hacer desde el presente con una historia no vivida de manera directa sino recibida a través de documentos, testimonios, libros y relatos. Así, el archivo funciona como representación de la memoria, lleno de documentos intervenidos por distintas personas a lo largo del tiempo, por lo que Emilia empieza a comprender que conservar una historia también implica decidir qué palabras permanecen y cuáles no. A partir de la pregunta ¿qué puede hacer la ficción con una historia que ya conocemos?, plantea que las voces del pasado no sobreviven sólo porque fueron escritas, sino también porque alguien, en algún momento, decide volver a leerlas y mantenerlas juntas.